Ok, hablemos de vallenato

Silvestre Dangond, uno de los más jóvenes exponentes del vallenato contemporáneo, constituye otra de las transiciones importantes de la música vallenata. No sólo por sus canciones, matizadas con letras románticas y repetidas en su clamor, sino por el contoneo, el frenesí y las cabriolas circenses de que hace gala en sus presentaciones.

Dangond pertenece a la llamada nueva ola del vallenato. Muchos musicólogos, conocedores del género, lo califican de showman, mientras otros, menos conocedores, exagerados y más fanáticos, señalan que es la versión caribeña de Michael Jackson, con un ejército de seguidores que parecieran encarnar una feligresía histérica que sabe de memoria las letras de sus canciones y las entonan rítmicamente mientras él, micrófono dirigido hacia la multitud, estremece su melena de Beatle en decadencia antes de iniciar una andanada de referencias irónicas, caricaturescas y morisqueteras contra sus rivales.

En la llamada transición no sólo está Dangond, sino un grupo de cantantes que luchan por preservar su espacio, entre los cuales hay que mencionar a Peter Manjarrés, Pipe Peláez, Jorge Celedón, Iván Villazón y Nelson Velásquez., entre otros. Muchos de los cantantes de la nueva ola ignoran que la primera transición se produjo con el paso del carrizo de las gaitas -acompañado de caja y guacharaca- al acordeón primitivo. El historiador francés, Henry Candelier, hizo mención en su libro, Riohacha y los indios guajiros, de ese vallenato que a finales del siglo XIX no era más que música instrumental.

Pero, la década del cincuenta del siglo pasado es el período donde aparece el vallenato que hoy se denomina tradicional. El acordeonero guajiro Luis Enrique Martínez sería el músico que crearía la revolución en el género vallenato mediante el embellecimiento de la melodía y la invención en el toque del bajo del acordeón de tres hileras. Hoy, en la mayoría de los festivales vallenatos, se interpretan canciones no exentas del formato impuesto por el legendario juglar.

Sin embargo, dos hechos posteriores afianzaron la evolución rápida del género: la aparición, en las décadas de los años sesenta y setenta, de Alfredo Gutiérrez, quien amplía la instrumentación tradicional a través de la incorporación de tumbadoras, bajo y timbales, y la suma de animadores y coristas, lo cual facilita el enriquecimiento rítmico. A finales de la década del sesenta también se agrega el protagonismo del cantante independizado del acordeonero, quien hasta ese momento cumplía las dos funciones.

Así, surgen los cantores como actores principales del vallenato. Los primeros tienen nombre propio: Jorge Oñate, Poncho Zuleta y Diomedes Díaz, figuras de sus conjuntos que guardan distancia de los acordeoneros, quienes inician el tránsito hacia un segundo plano, pero todavía con una influencia importante en la evolución de la música que, desde lustros antes, había invadido el mundo de la canción en Colombia.

Los acordeoneros Israel Romero, Orange El Pangue Maestre y Juancho Rois son los encargados de acompañar la revolución del género mediante una ejecución acorde con el nuevo romanticismo que nace y que convoca, por su sensibilidad, al público andino. Y además, por su acercamiento a la balada, esa tonada sensual que hizo prisioneros a los jóvenes de aquel entonces. Es, también, una propuesta para el vallenato bailable, realizada desde el lirismo de compositores como Gustavo Gutiérrez, Roberto Calderón, Rafael Manjarrés y Rosendo Romero, cuyas letras encuentran en El Binomio de Oro a uno de sus mejores intérpretes.

Diez años antes de terminar el siglo pasado, el vallenato experimenta un importante vuelco que, pese a los matices sensibleros visibles en las canciones, facilita la internacionalización. Entonces, las notas llegan a Venezuela, Ecuador y México y se afianzan en la zona andina en medio de un urbanismo en los versos que será la antesala de la nueva ola.

Silvestre Dangond, su rival Peter Manjarrés, y el cantante romántico Pipe Peláez, expresan con fuerza ese vallenato contemporáneo que constituye la tradición con nuevos aires. Es una mezcla, un híbrido en el que se combinan, como en una especie de coctel musical, ritmos como la champeta, el reggaetón y el porro, sin excluir el nostálgico twist.

Entonces, usted observa el vértigo de Peter Manjarrés al frente de una agrupación de catorce músicos; el ritmo endemoniado y la teatralidad a veces ridícula de Dangond, y la estela romántica de Peláez, mientras los adolescentes agitan sus pañuelos y gritan y cantan y saltan embelesados por ese nuevo vallenato que les llegó de repente

Mención aparte merece Jorge Celedón, músico de la prolífica población de Villanueva, en el sur de La Guajira, y quien ha logrado trascender con una especie de fusión que los críticos se atreven a calificar de extraña mezcla en la que no está ausente la bachata dominicana ni la ranchera moderna de México de mis amores. En 2007 Celedón obtuvo el Premio Grammy Latino en la categoría Cumbia/Vallenato, y desde entonces su fama se hizo espuma. Cómo no: Hasta el ex presidente George Bush se emocionó con su canto y lo llevó a la Casa Blanca en los estertores de su mandato. Y, al mejor estilo de los emperadores romanos que levantaban su dedo pulgar en señal de perdón, Bush autorizó la interpretación de otro tema después de escuchar ay, qué bonita es esta vida, aunque a veces duela tanto, que a pesar de los pesares siempre hay alguien que nos quiere, siempre hay alguien que nos quiere…