Japón, con amor

Me cuentan que las últimas apariciones de Nora y su grupo fueron hace años en Tokio e Hiroshima, ciudades que habían recorrido a mediados de los 80’s en busca del perfeccionamiento musical que años después los llevaría a la fama mundial. Me dicen, también, que las imágenes tomadas de programas televisivos japoneses, y mostradas en España, la revelaban con una voz que no era la suya, y con unos movimientos que habían perdido para siempre el encanto de la sensualidad.

El resto de integrantes del afamado grupo parecía sobrevivientes de un naufragio o fantasmas provenientes del desierto después de una infame travesía. El sonido tampoco era el mismo: apenas unas brillantes notas de trompetas y el eco de unos cueros que en otros tiempos deslumbraron con sus solos y sostenidos que, sin querer, mantenían al público en estado de levitación.

Los recuerdo en el gramado del estadio Metropolitano a principios de los 90’s, tres años después de que la fama les estallara en el corazón de Nueva York. Los vi rompiendo el viento con el sonido armónico y vibrante de tres trompetas y dos trombones cuyos ejecutantes vinieron de atrás hacia adelante para mostrarnos en tarima el poderío de sus soplidos, mientras los timbales, las congas y las tumbadores hacían recordar los momentos más memorables de la Fania All Star, cuatro de cuyos más dignos representantes los acompañaban en esa noche mágica: Tito Puente, Celia Cruz, Santicos Colón e Ismael Miranda.

Pero volvamos a la Orquesta La Luz, la misma que aquella noche de septiembre de 1992 produjo uno de los impactos más grandes que aún se mantiene vivo en los recuerdos y la memoria de quienes tuvimos el privilegio de disfrutarla. No sólo fue el exotismo de un puñado de hijos del sol naciente que recordaban lo mejor de Papo Lucca, de El Gran Combo y de Tito Puente, sus grandes ídolos, según lo afirmó en Barranquilla Nora, la cantante estelar. Tampoco fue el meneíto risible de los trompetistas ni los ojos acuchillados de todos ellos. No. Era la fidelidad a unos ritmos que alcanzaron su máximo apogeo en la interpretación de las descargas, una de las cuales, “Salsa caliente del Japón” habría de producir un delirio que todavía estremece al recordarla.

En realidad, la máxima atracción era Nora, una cantante de voz ensoñadora que había decidido emprender vuelo propio en 1984 después de haber sacudido distintos escenarios musicales de Tokio y otras ciudades de su natal Japón. Fueron cinco años de aprendizaje –siempre con la sombra tutelar de las grandes orquestas afrocaribes que llegaban a la capital japonesa con su salsa de moda–, antes de que apareciera en Nueva York con diez músicos jóvenes reclutados en diferentes escuelas de Tokio; pero, cuya práctica en la ejecución y en los ritmos salsómanos del Caribe estaba exenta de toda duda.

Nora se encargó del canto, del baile y de la exhibición mayor. En Nueva York, al igual que en Barranquilla, vistió una minifalda escueta que no sólo permitía ver la largueza de sus piernas entornadas, sino las insinuaciones de sus nalgas y sus ingles. Allá arriba, en tarima, lograba desplazamientos asombrosos y movimientos de bailarina cubana que eran el resultado de largas sesiones de ensayos cuyas muestras aparecen en videos completados con presentaciones en distintos escenarios del mundo.

Después de grabar el primer larga duración en 1990, y poco después de sus presentaciones en Nueva York, Nora y su orquesta se constituyeron en el más grande atractivo para los seguidores de la música salsa. No sólo grabaron siete álbumes en los que no estuvieron ausentes ninguno de los ritmos afroantillanos –desde boleros, algunos de ellos en compañía del Maestro cubano Isaac Delgado, hasta jazz y mambo, guiada por la orquesta de Larry Harlow, la orquesta de La Luz y la suya propia luego de la desintegración del famoso grupo en 1999– sino que alcanzaron reconocimientos, nominaciones y premios reservados sólo para las agrupaciones con elevadísimos niveles de calidad.

Me comentan que en algunos bares de Tokio, donde aún sobreviven retazos de la salsa de tiempos idos, continúa escuchándose “Paz”, “Se fue”, “Salsa no tiene frontera”, “Mis penas al piano”, “Descarga de la luz”, entre otros temas que llevaban al grupo al terreno de la leyenda y aproximaban a Nora a una especie de Celia oriental, sin la cabecita de algodón de Pedro Night ni la espectacularidad ni versatilidad en las interpretaciones de los ritmos, pero sí en la fuerza y el brillo del canto.

Sin embargo, Nora no nació en ningún barrio Santos Suárez de Haramachi. Tampoco el tumbao le alcanzaba para universalizarse como lo hizo Celia. Ni, mucho menos, Nora pretendía morir con el ritmo de la salsa en el alma y en las vísceras, como Celia; sólo disfrutar el encanto musical del otro lado de su mundo que le llegó de repente. Y después, desaparecer de los escenarios y dedicarse a enseñar a los jóvenes como me dicen que aún lo hace...