El segundo velorio


En la comunidad wayuu se acostumbra a realizar el segundo velorio después de 10 años del primero. Por eso, todos deben tener más de dos lustros de haber abandonado a los suyos; aunque, el abandono es un decir, pues en el universo mítico de los wayuu, al morir uno de los miembros, su alma inicia un viaje en la búsqueda de un plano de silencio que la transporte, en algún momento, al lugar adonde van las almas, muy cerca del Cabo de la Vela. Se llama Jepira, en lenguaje wayuunaiki. La memoria del difunto sigue intacta, sus recuerdos continúan vivos y existe el compromiso moral de los familiares para garantizar, en adelante, la tranquilidad eterna.

Durante un mes se enciende leña hasta llegar a Jepira. El espíritu no se ausenta si la ceremonia no se hace bien. Según los que más han logrado desentrañar el misterio de esta maravillosa cosmogonía, desde una especie de limbo se podrían producir reclamos por medio del sueño en la búsqueda del sosiego definitivo.

El cementerio puede ser un inmenso solar con tapias, ubicado en la Alta Guajira. Allí están todos los del clan que han muerto, algunos de ellos colocados en el osario familiar después del segundo velorio celebrado en tiempos remotos. Pero hay otros muertos recientes que esperan el plazo de los diez años para comenzar el nuevo viaje hacia esa zona de sosiego que en otras creencias denominan descanso eterno.

Si son varios difuntos los que alcanzarán la liberación, sus fotos o pertenencias singulares permanecerán durante la noche anterior debajo de una enramada, contempladas por todos, mucho más por los infantes que despiertan al mundo a través del encuentro con un ritual que horas después habrá de aproximarlos hasta los límites del asombro.

El trabajo de rompimiento de la primera urna comienza en la madrugada mediante una labor cuidadosa. Sólo se escucha el golpe seco del martillo y el movimiento vertiginoso del cincel abriendo la tumba. Poco a poco va apareciendo el féretro de hierro, cubierto por el óxido y la herrumbre de los años. Después, la remoción de los escombros, mientras se suceden las mismas acciones en otra tumba, la segunda en ser desenterrada. Y, probablemente, la última.

El silencio se rompe con el rezo de avemarías, presidido a veces por una monja católica, por el llanto de los familiares y por el sonido como eco casi apagado que se escucha antes de ser lanzadas las bocanadas de humo del tabaco que aleja los malos espíritus.

Entonces, se procede a la apertura de los féretros. Un miembro de la etnia, preparado especialmente para la ocasión a través de una rigurosa dieta y un reposo de tres días, es el encargado de sacar los restos. Luego, la limpieza y el lavatorio de los huesos antes de ser depositados en los cofres de mármol. La fragancia del tabaco y el olor del chirrinche, la bebida típica de los wayuu, se disemina en la estancia que comienza a clarificarse con los rayos nacientes de la mañana. Detrás de las tumbas, en el panteón destinado para el segundo sepelio, está el osario familiar en el que, después del último velorio, se depositarán los cofres de granito y mármol.

Una mujer preside la ceremonia. Ellas dicen que su escogencia se debe a que no le temen a nadie, porque son tan fuertes como los hombres y, porque a diferencia de éstos, aguantan parir tres veces, cuatro, cinco...

El segundo velorio comienza con la llegada del alba, cuando ya los cofres reposan debajo de una enramada dispuesta para la ocasión. Las fotografías de los difuntos son colocadas al frente, a la vista de todos los dolientes que conforman un rectángulo de sillas blancas mientras afuera, en los extensos descampados de la ranchería y debajo de otras enramadas pobladas de banquetas y más sillas, un peregrinaje de centenares de visitantes va y viene en medio de diálogos cruzados, abrazos efusivos y presentaciones formales de hijos, nietos y biznietos jóvenes del clan que no se conocían entre sí por estar desperdigados en distintos puntos de la geografía del desierto o de los bosques sin abrir.

Primero, el desayuno: carne esmechada a lo wayuu, chivo asado y guisao, plátano maduro, queso, chicha y arepas de maíz. Después, el licor: chirrinche y whisky. Y más comida en el almuerzo: los grandes mesones con bandejas llenas y los platos en la plenitud de la abundancia, pues las almas piden que para el descanso eterno se brinde un banquete en su honor.

Allí están las amistades y los familiares que asistieron al primer velorio, multiplicado por la numerosa prole que vio la luz durante los últimos años. En aquella ocasión fueron dos días de duelo, y el que destinaron para el sepelio. Este segundo velorio ha de durar un día, y al siguiente, después de la misa, los restos volverán a ser enterrados en el mismo panteón donde están aquellos que llegaron ya a esa zona de silencio donde reina la paz y el descanso de las almas. El viaje ha terminado.


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