El palabrero

El palabrero aparece en cualquier momento. Dicen que siempre lo anuncia el vuelo de un pájaro. Según la leyenda, el primero fue Utta, ave mítica de plumaje ocre y pico recto que dictó las primeras leyes que garantizaron el orden y la convivencia entre clanes conformados en espiral y unidos por lazos genealógicos. Luego surgieron los demás, uno tras otro, con la virtud de un verbo tranquilo que se disemina en el desierto de dunas y árboles secos.

Antes, llegaban en las noches, ocultos en la oscurana y con una vestimenta típica acorde con la majestad de su cargo. Unos, con sombrero de ala corta y vueltas hacia arriba, como el de los antepasados españoles. O en forma cilíndrica, forrados en fieltro duro, o simplemente construidos en palma como el de los campesinos del Caribe. Otros, de bigote hirsuto, anteojos negros y seriedad inalterable, escoltados por un lenguaje indulgente y conciliador que fluía en medio de la tensión y las ráfagas de viento; pero, todos apoyados en un bastón de madera compacta sin empuñadura ni contera, insignia de autoridad que todavía sirve para dialogar con la tierra cuando el conflicto late en mitad de la enramada de dos aguas.

Algunos jóvenes ignoran que los palabreros tienen un origen mítico que se remonta a la época en que los wayuu penetraron los bosques sin caminos y el desierto polvoriento de cactus y areniscas blancas. Fueron los tiempos de Choochoo, otro pájaro sabio de voz grave y amenazante que sucedió a Utta en el oficio.

Después aparecieron los palabreros de carne y hueso, sin picos ni plumajes, asistidos por el ángel de la palabra que se encadenaba y expandía al vaivén de argumentos convincentes. Los que alcanzaron mayor destreza fueron ocupándose de los casos más cruentos para evitar la refriega entre las partes en disputa. Otros, aquellos que se distinguían por el tacto y la malicia, fueron reconocidos y aceptados como intermediarios de noviazgos que estrechaban el vínculo entre familias mediante la ceremonia del casamiento. También se les llamó palabreros familiares.

¿Dónde están los palabreros? A la orilla de la carretera, pocos metros hacia dentro, se encuentran algunas casas de los wayuu. Otras, la mayoría, están desperdigadas por los senderos que conforman los laberintos del desierto. Son las rancherías que se levantan a lo largo y ancho de la península de La Guajira y del Estado Zulia, en Venezuela. Estas casas centenarias, de arquitectura simple, aparecen de pronto cuando el camino se abre apartando matorrales y árboles frondosos, o en mitad de la sabana, inhóspita y árida, atravesada por silbidos nocturnos y oleadas de viento y polvo. Hasta allí podrían llegar, en cualquiera de esos puntos, para dirimir un conflicto mediante leyes que van más allá de la jurisprudencia tradicional.

Hacia el norte, los caminos traspasan el desierto de troncos leñosos y borrascas de polvo salitroso y fango espeso. Hay trochas demarcadas por la persistencia de antiguas pisadas que nacen en las rancherías remecidas por el viento frío que sobrevuela las colinas de arena antes de morir en el mar. En algunos casos son sendas como heridas abiertas. En otros, cicatrices que separaron a dos clanes enfrentados después de haber medido la dimensión de la sangre.

Por el pequeño bosque de tunas y cardones, indiferente al sol implacable, podría pasar un indígena seguido por una mujer de manta azul agitada por la brisa. Rumbo al jagüey, tal vez se alejen mulas montadas por jóvenes impúberes que, aferradas al lomo y sin soltar las riendas del cabestro, dentro de pocos años podrían comenzar el ritual del encierro. O serán, quién lo sabe, motivo de una disputa entre familias que obligará al desplazamiento del palabrero para aceptar las partes sin herirlas, en la búsqueda de la paz mediante el expediente tangible de la reparación.

Ese mismo palabrero fue exaltado por el Consejo Nacional de Patrimonio a través de una decisión que aprobó el Plan Especial de Salvaguarda del pueblo wayuu cuyo eje es el Sistema Normativo de esa etnia en la que la figura del Pütchipü representa la autoridad moral y espiritual. Pero con el poder de la palabra del que hablara el Premio Nobel turco Orhan Pamuk. ¡Palabra que sí!