Diosito lindo

El tema de Dios y el del ateísmo, específicamente, son complejos y sensibles. Hablar contra esa figura etérea, sagrada y, en ocasiones, temible, puede estar ligada a la ocurrencia de episodios trágicos o lamentables que facilitan que los fervorosos creyentes afirmen: “Eso le pasa por no creer en Dios”. O, “fue un castigo de Dios”. A esas expresiones simplistas, cobijadas con el manto de la intimidación, se reduce casi siempre la controversia frente a lo que otros llaman Ser Supremo.

El ateísmo ha producido innumerables expresiones, textos, notas de humor, castigos y, también, ensayos sesudos que cada vez más se abren paso en este mundo que pareciera sin Dios ni Ley. Hace largos años leí en la revista Nadaísmo 70, órgano informativo de aquel grupo irreverente y revolucionario de la literatura colombiana, una notícula de Gonzalo Arango, su sacerdote mayor, quien años atrás había fundado la comunidad poética y artística con un discurso leído detrás del atril de una iglesia en Cali. El texto de dicho discurso estaba escrito en un tercio de rollo de papel higiénico doble hoja.

Arango decía, en uno de los primeros números de aquella revista, que en alguna ocasión estaba en la playa, en medio de una fogata; de repente, se le ocurrió correr en círculos y gritar: “¡Dios no existe!, ¡Dios no existe!…”. Lo repetía sin cansarse, pues quería exorcizar aquel demonio que llevaba por dentro con nombre de Dios. Hasta que, según él, escuchó el comienzo de unos truenos y el eco de una voz divina que repetía desde las entrañas del cielo, allá arriba: “Está bien, Gonzalo, pero ya cállate”. No sé si el autor de “Sexo y saxofón” refirió aquello desde un ateísmo puro o a partir de una creencia insólita.

Miguel de Unamuno, el gran escritor español que nos dejó extraordinarias narraciones, tales como La tía Tula y El Espejo de la Muerte, se preguntó, burla burlando, si Dios era macho o hembra. Bertrand Russel, el filósofo y matemático inglés, rey del sarcasmo y de la ironía, escribió en uno de sus textos: “Estoy persuadido de que Dios no creó al mundo, pero sí de que el mundo está creando a Dios”.

Por su lado, José Saramago, el Premio Nobel de literatura, de origen portugués, se declaró siempre ateo y anticlerical. Es famosa su frase que “el mundo sería más pacífico si todos fuésemos ateos”. Sus arremetidas contra el catolicismo y la glorificación que hizo de esa forma superior del agnosticismo, le valió una reprimenda y casi una excomulgación del Vaticano cuando su cadáver aún estaba tibio y el cuerpo rígido yacía en el interior del hermoso féretro, mientras sus seguidores recordábamos la magistral forma en que desmitifica al enviado de Dios en “El evangelio según Jesucristo”, o la manera en que describe el accidente de un hombre al sobrepasar el semáforo en rojo, y después el contagio de la ceguera sin ahorrar concesiones al surrealismo y a la abstracción.

Lo de Saramago parecía una cruzada a favor del ateísmo. En su conocido ensayo “El factor Dios” afirma, como para que no prevalezcan dudas: “Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia”.

Pues bien. El ateísmo estuvo de moda hasta hace poco, según los artículos aparecidos en los diarios El País y El Mundo, de España, y en La Nación, de Buenos Aires. Uno de ellos registró, mediante deliciosas crónicas, la campaña ateísta que se llevó a cabo en la capital de Inglaterra y del Reino Unido bajo el eslogan: “Probablemente no hay Dios, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”, frase que lucía en los buses eléctricos, de dos pisos, que circulan en Londres. De acuerdo con la misma información, en Washington también se realizaron preparativos que se fundamentaron, más que en críticas contra la religión, en iniciativas para expandir la no creencia en Dios apelando a una frase del físico británico Stephen Hawking: “Las leyes por las que se rige el universo no dejan espacio para los milagros ni mucho menos para Dios”.

Otro de los diarios mencionados también informa acerca de la decisión de un juez que obligaba a un colegio público de Valladolid a bajar y guardar los crucifijos y demás imágenes religiosas que colgaban en los salones de clase y en los corredores por donde circulan diariamente los estudiantes. Y la mira está puesta ahora en los espacios abiertos donde también, con las imágenes, se le rinde culto al catolicismo. Ahora con la aprobación del aborto en toda España se dirá que el país va camino hacia una nueva Sodoma y Gomorra, también sin Dios ni Ley. ¿O es la tendencia de los nuevos vientos que soplan a favor de la liberación del pensamiento y del imperio de la ciencia? ¿O el ateísmo gana terreno –pregunto yo acá– a raíz de los escándalos de pederastia que no sólo sacuden a Europa, sino a Colombia? ¿Cuál será el índice de ateísmo en nuestro país después de conocer las acciones salvajes e infames de sacerdotes contra niños y niñas? En Estados Unidos, recuerdo, el 10% de la población es atea.

En fin: hoy se habla de un nuevo ateísmo expresado a través de movimientos que publican libros y programan actividades como la de los creyentes; es decir, con una ‘feligresía’ cada vez más creciente y la cual emerge de los sectores con mayor ilustración y educación en la sociedad.